Conozco a varios escritores que me tienen idealizado; me ven un poco como ese artista fracasado que no debe salir de su miseria material, porque ahí es donde mejor se crea el arte desesperado. Me lo dicen desde la tranquilidad de su plaza aprobada en unas oposiciones. Y son buenos poetas, de los mejores. Porque desde la serenidad y la calma se crea estupendamente. Sabiendo mañana dónde vas a vivir, sin necesidad de pedir favores, sin que te echen de trabajos donde ya no sirves, sintiéndote un muñeco movido por los intereses del mercado y de propietarios sin escrúpulos, la vida presuntamente bohemia solo lleva al cadalso. Con buenas intenciones me señalan un camino, el suyo pero estas letras no quieren ser iguales, no pueden. No es orgullo, no es reivindicación del propio vicio, del error mujeriego, del vino catado, del verso que nunca fue en el exceso debido y recomendado. También se vive bien en la sala de espera en la mesa de trabajo del que fue escriba y ya no lo es. La mayoría...
C abriolas en el agua y olor a porro fino. Niños que piden atención y padres que se los dejan a los canguros socorristas. Otros que se tiran de cabeza, bomba, de espalda, campeones de salto de longitud llegados del gueto. Unidos por la falta de urbanización y piscina comunitaria, los pobres, los extranjeros, los turistas, los que viven en el centro, remojan sus cuerpos doloridos. Los niños ansiosos, los que pasan de las normas, los que fuman a escondidas, los que beben ufanos en el chiringo del fondo, comunidad de inmolestados, donde el sol manda. Árboles y gorriones en comandita beben los vientos por nosotros, ignorantes a la otra fiesta del rampante verano.