Las esquinas se han convertido en palacios, los bancos donde se reúnen los muchachos son pequeñas discotecas, y los portales son platós de televisión donde las chicas hacen coreografías. Qué privilegio poder seguir siendo infantiles, lejos de la poesía profesional y de los poetas maltratadores. En provincias, los odios locales están a flor de piel, se critica por inercia a todo el que destaca, qué paz da la gran ciudad donde se es un desconocido de por vida, un nadie, un número rodeado de seres anónimos, pero nunca anodinos. Los mediocres se protegen unos a otros para evitar que el talentoso le robe la galleta al gato. Qué privilegio poder seguir siendo infantiles, lejos de la poesía profesional y de los poetas maltratadores. La libre indecisión de no querer volver nunca al lugar donde se nació. Compañeros de escuela que ya no representan nada. Ver gente buena sencilla y amable la que jamás seremos.
C abriolas en el agua y olor a porro fino. Niños que piden atención y padres que se los dejan a los canguros socorristas. Otros que se tiran de cabeza, bomba, de espalda, campeones de salto de longitud llegados del gueto. Unidos por la falta de urbanización y piscina comunitaria, los pobres, los extranjeros, los turistas, los que viven en el centro, remojan sus cuerpos doloridos. Los niños ansiosos, los que pasan de las normas, los que fuman a escondidas, los que beben ufanos en el chiringo del fondo, comunidad de inmolestados, donde el sol manda. Árboles y gorriones en comandita beben los vientos por nosotros, ignorantes a la otra fiesta del rampante verano.