Compañeras de miseria en la elaboración diaria de la ilusión antaño perdida.
En la cámara donde pergueño irrealidades fanáticas, con el tintineo menguante de mis posibles, oro porque los oscuros compañeros habitacionales no afanen lo poco que queda de mi sustento.
Siento que resido en una sucesión de momentos históricos; la mujer de la pantalla me dice que tengo que crear una identidad novedosa para que fluya la abundancia, pero como el Demian de Herman Hesse, sólo me identifico con esa hoja movida por el viento de los tiempos.
En los campos secos y amarillos de allí afuera, donde anónimos tractores son tan naturales como el trigo ancestral, el traqueteo de mi viejo auto me hace recordar que en cualquier momento, puedo unir mi boca a cualquier hormiguero.
He pasado de una sucia buhardilla en el centro, donde me creía un genio para mí mismo, a la recámara del campo vacío. hábitat de ellas, las moscas, fúnebres e irritantes.
Cuando paso por la orilla del Tajo, busco con la mirada a algún Alfanhuí viajero del tiempo, reconvertido en ecolingüista. Pero son los hijos de los hijos de los hijos de aquellos campesinos, como de los que yo provengo, los que hallo al volante de sus bólidos tuneados. No hay paz ni sosiego en los taludes ni en las aldeas. Pero los insectos marcan el talante de su reino. No podemos hacer nada en contra de eso. Como no puedes mandar callar a los niños. Como tampoco puedes mandar a un policía local en busca y captura del que te rayó el coche.
Hay tanto movimiento en las ciudades de trabajadores foráneos, que ya da igual quién es quién ni su mote.
Son como estos revoloteadores que nos ponen nerviosos, y que a algunas avispas les hacen negocio, porque en algún lugar tendrán que dormir.
Arrojados a los bancos de los barrios, después de tomar cantidades ingentes de libaciones, cansados de sus pequeños dramas sentimentales, atados a esas obligaciones materiales que yo nunca he querido mirar de frente.
Mas las espanto con la mano, implorando saber si huyo o me integro con ellas.
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