Conozco a varios escritores que me tienen idealizado; me ven un poco como ese artista fracasado que no debe salir de su miseria material, porque ahí es donde mejor se crea el arte desesperado.
Me lo dicen desde la tranquilidad de su plaza aprobada en unas oposiciones.
Y son buenos poetas, de los mejores. Porque desde la serenidad y la calma se crea estupendamente.
Sabiendo mañana dónde vas a vivir, sin necesidad de pedir favores, sin que te echen de trabajos donde ya no sirves,
sintiéndote un muñeco movido por los intereses del mercado y de propietarios sin escrúpulos,
la vida presuntamente bohemia solo lleva al cadalso.
Con buenas intenciones me señalan un camino, el suyo
pero estas letras no quieren ser iguales, no pueden.
No es orgullo, no es reivindicación del propio vicio,
del error mujeriego, del vino catado, del verso que nunca fue
en el exceso debido y recomendado.
También se vive bien en la sala de espera
en la mesa de trabajo del que fue escriba
y ya no lo es.
La mayoría de gente no escribe y parece feliz o infeliz dentro de sus posibilidades.
Muchos descubrieron que un padre, una madre, un amigo, una sobrina escribían
en secreto, cuando hallaron en aquel desván de Pessôa
carpetas de genios para sí mismos rebosantes de cuartillas amarillentas por el polvo del tiempo.
Heredaron belleza y fealdad.
Maldigo a esos escritores que se sienten especiales por juntar letras.
Sus egos que rompen amistades porque nadie se siente obligado a leerles.
Se puede ser feliz sin escribir en toda tu vida
ni leer un maldito libro.
No conozco a ningún gorrión intelectual, y mira qué libre se siente.
Hoy puedo dejar de escribir, y no pasará nada.
Me buscaré la vida y eso me hará un personaje
que no necesitará ser descrito.
Aquellos que ocultan su vida al otro,
que solo cuentan retazos superficiales,
esos son los mejores escritores de ficción.
Pero yo, que cuento demasiado,
solo escribo una extensión ya conocida, adornada
de pensamientos y vivencias que a nadie más deben ya interesar.
Me los guardo, no necesito ninguna gloria,
ni palmaditas de funcionarios que ganarán premios locales
seguro que bien merecidos.
A mí se me está enfriando la comida por pararme
a contentar a los amigos con cuatro estúpidas palabras.
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