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Diario retroactivo

1.
Mi colegio de curas, de educación segregada solo masculina en los ochenta, siendo concertado, estaba lleno de frailes maricones y psicópatas. También había algún fraile bueno, que nos trataba bien. Recuerdo a fray José María, uno más joven y moderno, que organizaba campamentos, y que causó una gran polémica porque le acusaron de fotografiar en paños menores a alumnos. Según decían, sus padres, que eran potentados de pueblo, lo metieron en aquella orden porque era maricón. A mí no me tocó nunca, ni me hizo fotos semidesnudo, y eso que subí a su estancia varias veces porque me animó a hacer un curso de dibujo. Incluso fui a un par de campamentos de los que organizó y nunca ví nada raro. No le importó que no nos confirmáramos, incluso nos animaba a no hacerlo, y creo que lo acabaron echando del colegio. También recuerdo a don Vicente, uno de los profes laicos, que daba Naturales y Matemáticas. Yo no le caía demasiado bien, porque era malo en mates, y no pertenecía a su elite de elegidos. Yo era de los perdedores, aura que gracias a mí, heredó mi hermano. Eso sí, Naturales se me daba bien, aunque este antepasado de Equo no aprobaba mis pegatinas de la serie V por violentas y armamentísticas en los cuadernos de apuntes de Naturaleza. Me gustaban las marchas que organizaba Don Vicente al Puente de Hierro y al Castillo de Maimón. A su favor debo decir que nos transmitió algo de su fervor ecologista, aunque lo desequilibraba con su clasismo matemático. Era un tipo peculiar que al final se retiró por una depresión. No me extraña.
En estos tiempos actuales de bullying y redes sociales, de móviles y wassap en los coles e institutos, creo que deberé preparar a mi hija para defenderse de los intentos de acoso. El mundo preadolescente es ahora más duro. Quizá no se encontrará con curas que le tiren de las patillas, le den varazos o le metan mano, pero quizá le espere cosas peores.








2.
 Y aún no he dicho nada de don Arsenio el vasco, que me tocó la picha fugazmente en una reunión en su despacho junto a un compañero de clase. Nos sentaba el cabrón en sus rodillas para alabar nuestro trabajo, y de paso, intentaba meternos mano. Salíamos del despacho mi compi y yo, mirándonos los dos con bastante apuro e incomodidad, como para cerciorarnos de que aquello había sido verdad. Teníamos 13 años más o menos. Obviamente no volvimos más. Al poco tiempo, don Arsénio se marchó del colegio. Otro día hablaré de don Anselmo, alias Hitler. Era terrible, un verdadero psicópata. Pero le debo haberme defendido y compadecido cuando injustamente Naranjito me expulsó de clase. 

3.
 Ahora los niños creativos que tienen papás con dinero, o que dedican el que tienen a una educación alternativa, los apuntan al Montessori, Waldorf o Hipatia. En mi época, en el colegio de curas, teníamos un armarito con libros del Barco de Vapor, y ya con eso, volaba nuestra imaginación. Desde sexto de EGB, escribía historias divertidas para mis compañeros. También dibujaba, aunque desde algo antes. En el instituto continué dibujando en clase. La escritura la dejaba para mi habitación. (Ahora escribo en esta estancia semipública). Me reprocho ahora que un compañero de 1° de BUP dejara de dibujar viñetas cuando comprobó que yo dibujaba mejor que él. Más tarde solía verlo de camarero en el bar familiar. Durante un tiempo, me creí mejor que él. Era mentira.
Este chico tenía talento. Yo también. Y aquí estamos. 


4.
 Se llamaba Beatríz, como la amada de Dante ( así fantaseaba, apoyándome en los mitos literarios), y era rubita, o castaña clara. Tenía una amiga correveidile, mayor y más feílla (con el tiempo comprobé que valía más la pena que mi amor platónico infantil) que recogía las cartas y se la entregaba a la amada de Dante. Beatríz tenía una hermana mayor, Begoña, ligue de aquel compañero de un curso superior que me acompañaba (mejor dicho, me animaba para burlarse) en aquellas aventuras de barrio. Cómo se llamaba la feílla, quizá Marta?. Beatríz accedió a hablar conmigo, y después de un rato, solo logré balbucear un " te aburro?". Incluso a finales de los 80, había que ser muy friki para escribirle una carta a una chica para preguntarle si le gustaba.








5.
 Al igual que Bastián Baltasar Baltz, el protagonista de La Historia Interminable, yo me sabía de memoria el nombre y los dos apellidos de aquella compañera de clase que me gustaba inexplicablemente. (Aquí sólo diré que se llamaba Elena). Llevaba el peinado de Momo (casualmente también de Michael Ende), y parecía poco femenina. Vestía horriblemente (como más tarde, a los 18, vestía Mari Ángeles). En 1°de BUP no llegué a hablar nunca con ella, pero en Segundo, a principios de curso, me la "presentaron" y parecía otra, con el pelo cortado como un chico y con un vestido elegante y femenino. Nos dijo que se marchaba a Barcelona. No sé si llevaba un pequeño piercing en un lado de la nariz. Quizá me lo invento.
Ya nadie volvió a ser un amor platónico para mí en el instituto. Hubo alguna atracción física dolorosa y también inexplicable por otra chica de pechos abundantes, en tercero. Más física e igual de inalcanzable.
Con esta llegué a jugar al billar, en pandilla. En principio, no era mi tipo. A mí solo me gustaban las lesbianas, por lo menos en vestimenta.


6.

La bellísima Irène Jacob en la Doble vida de Verónica, de Krystof Kiewslowski. Cinèma del interior en aquellas noches de la Filmoteca. Años 90. Sesiones que nos dieron una educación sentimental. La chica que bautizamos como "la francordobesa" cantaba por lo bajini en francés mientras esperaba en la cola de la taquilla. Era rubia y tenía el pelo ensortijado. No parecía española. La mirábamos hipnotizados. Parecía un personaje salido de aquellas extrañas películas europeas. Sin embargo, Irène era morena y suiza. Pero Dios, ¡¡qué morena!!

 

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